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Norman Vilalta

Norman Vilalta

El valor de lo que no se ve

Ser artesano es una filosofía de vida. El maestro zapatero Norman Vilalta realiza joyas para pies masculinos que pueden llegar a alcanzar los 7.000 €. Para este argentino afincado en Barcelona lo principal es avanzar en el arte de la artesanía.

 

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En la historia de la moda, el 5 es un elemento mágico. Desde que mademoiselle Chanel creara su famoso perfume al convertirse en la amante del zar Nicolás II la sensación de sentirse única a través de la erótica del poder ha perpetuado a través del tiempo. Casi un siglo después, esa pertenencia al status system aún continúa. Al traspasar la puerta del nº 5 de la calle Enric Granados de Barcelona en la Casa Tàpies, uno deja atrás el ritmo frenético de las redes sociales para respirar la paz que transmite la armonía del zapato.

Norman Vilalta es un artesano zapatero que dota al hombre de unos atributos que hasta hace poco pertenecían al ámbito femenino. Sus creaciones transmiten sensualidad, belleza, equilibrio y autoridad. A su lado, trabajan dos profesionales con gran esmero, entusiasmo y profesional: Krysia y Alfonso. 

Lo suyo es un proceso filosófico con una gran carga espiritual en la que el zapato es el vehículo para buscar la perfección, aunque nunca se llegue a ella. “Me interesa la belleza de lo imperfecto porque es un tipo de belleza más elevada”, afirma este ex abogado de la Patagonia, amparándose en la milenaria tradición japonesa del wabi-sabi.

Vilalta hace un inciso. “Ser artesano no es hacer cosas con la mano. Es saber… y saber en el orden que se deben hacer. El que cose la suela no es un artesano, es un manualista, un trabajador que trabaja con las manos. La mano era la herramienta que tenía el zapatero hace 500 años, pero si hubiesen tenido impresoras 3D trabajarían con ellas porque son las herramientas de este momento”. 

Cuando se es artesano, lo más importante es lo que no se ve, especialmente, el aprendizaje, que consiste en “la cantidad de operaciones que has de repetir para coger el gesto para que el resultado sea el correcto. Todo es auténtico y nada es accesorio. Lo esencial es, como en Saint-Exupéry, invisible a los ojos. Para hacer un zapato a medida tienes que realizar 150 o 200 operaciones que cada una determina el resultado de la siguiente. Hasta las decoraciones tienen la función de dotar de mayor o menor calidad al zapato y toda la estructura de fuera es producto de una estructura interior”, afirma. 


La exclusividad de la artesanía

En su taller hay dos líneas realizadas con la piel más exquisita de becerro francés. Bespoke es la más exclusiva, ya que cada zapato es una obra de arte en la que se invierte más de 200 horas de trabajo que empiezan con una entrevista a los clientes para saber sus gustos y, a partir de ahí, su mente empieza a pensar en el diseño. 

Esa idea la plasma en una horma en madera para cada pie con el nombre grabado del consumidor, a quien se le envía un vídeo de todo el proceso creativo en el que se usan materiales de forma única y artesanal, como el hilo de lino enhebrado en una cerda de jabalí, las pátinas inventadas para ofrecer un color inexistente hasta ese momento, los diferentes tipos de colas con las que se pega; el montado es a mano, las punteras y contrafuertes varían. 

Es un proceso tan laborioso que sólo se pueden hacer unos 100 pares al año. ¿El precio? Fácilmente rondan los 5.000 euros, aunque algún par puede subir hasta los 7.000. La fama no va con él, de su boca no sale ningún nombre, pero algunos de los que pisan de manera firme por el mundo con sus diseños afamados chefs, arquitectos o miembros de la realeza. 

Y apostilla: “Me da lo mismo –comenta cuando le menciono estos nombres- ya que es un zapato más que sale del taller. No aspiramos a que una celebridad se los ponga. Yo quiero que la gente los lleve porque les gusta, porque entiende lo que hay detrás del proceso, porque es algo único, no hay algo igual”. 


La reinvención de la zapatería clásica

La otra línea es Ready to wear (RTW), en la que se reinterpreta la zapatería clásica con la misma calidad de piel. Las suelas se pintan a mano y cada pátina es manual, aunque el número de horas invertidas en el trabajo con la mano decrece, lo que hace que el precio también oscile entre los 750 € y los 3.500 €. Nuevamente, Vilalta matiza: “Para bajar costos, los RTW se cosen a máquina. Tardamos un minuto frente a las tres horas de un Bespoke. Pero es la misma costura, es una doble costura, un boudier. No varía la calidad con respecto al precio, pero sí el tiempo”. 

El RTW es un ejemplo de lo que Vilalta comentaba sobre el valor de lo que no se ve. “Cuando decidimos hacer el Ready to Wear nos tomamos dos años para desarrollar todo lo que no ves en el zapato para lograr algo y, para hacerlo, se ha de innovar en una tradición que viene del año 1200”. 

Oficialmente se refiere a la creación de la Cofradía de San Marcos de los Maestros Zapateros de Barcelona, una de las más antiguas del mundo. Pero realiza un inciso histórico al poner de relieve que, bajo su punto de vista, la tradición de la zapatería nació en el sur de España con los árabes en el siglo VIII, con la manera en cómo cosían los zapatos y los remachaban con chinchetas de metal que luego se oxidaban y descomponían. En esos dos años de investigación antes de sacar al mercado el RTW, Vilalta investigó qué componentes eran los mejores para crear las colas, inventó nuevas pátinas para colorear los zapatos o readaptó la suela de goma de los zapatos de montaña para convertirlos en suela para zapato normal. 

Sus zapatos están vivos. Es un producto que evoluciona a lo largo del tiempo. La piel se amolda al pie, entre suela y plantilla hay un corcho que termina hundiéndose para crear una plantilla anatómica y lo más importante, el vínculo entre creador y cliente no se rompe nunca. “Por ejemplo, aquí les enseñamos a lustrar y mantener los zapatos y hacen sus propias pátinas”, afirma Vilalta que incide en que en su taller se consume de forma inteligente.

 

Los orígenes en el mundo del calzado

Esta filosófica manera de entender esta parte del entramado de la moda la aprendió en Florencia. Vilalta era un abogado que trabajaba en un prestigioso bufete de Buenos Aires pero, de repente, a los 30 años se cuestionó la pregunta del millón: “¿Eres feliz?”. Un providencial viaje a Florencia le dio la respuesta. Entró en el taller de Stefano Bemer (sus clientes fueron Julio Iglesias, Andy García o Gianfranco Ferré) con el francés Stephan Giménez como maestro. ¿Anécdota?. Bemer tuvo como discípulo-aprendiz en 1999 durante casi un año al oscarizado actor Daniel Day Lewis, fiel cliente de John Lobb en Londres que, en su huida de la fama, encontró refugio rodeado de cuero y pieles. “Eso le hizo muy famoso a Stefano y fue muy bueno para él. Y, en consonancia, también fue positivo para todos los que pasamos por el taller. A Stefano le permitió vender más y tener más aprendices”. 

De su maestro italiano, fallecido prematuramente a los 48 años en 2012, aprendió tres cosas básicas: “La primera es que no sabes, y ésa es fácil porque cuando uno empieza se da cuenta de que no sabe. La segunda fue la más difícil de aceptar porque te lleva varios años darte cuenta de que has de aprender y la tercera es la técnica”. A Vilalta le llevó cinco años comprender que había empezado a aprender. Y tras este arduo proceso, llegó una cuarta fase, la del amor, “pero no la de la vertiente romántica, sino la del amor de darle al otro lo que le corresponde”. 

Ante la disyuntiva de si es la marca, la jerarquía social, el diseño o el dinero lo que le da valor a un zapato, Vilalta tiene asumido que “lo más importante es invisible a los ojos. Lo que le da valor en nuestro caso es seguir la tradición y haber mejorado algo en la estructura del zapato. Cuando hablo de tradición me refiero a innovar. Cada una de las cajas que enviamos a la mayoría de nuestros clientes extranjeros tiene una frase impresa: ‘The only tradition is innovate’. Su leitmotiv es ‘aprender, perfeccionar y cambiar’, pero “sin desvirtuar” lo tradicional. 


La innovación, una clave constante

En su andadura como artesano no deja de innovar. Como la piel tiene una duración limitada, actualmente está investigando con la piel genétic: ha cambiado la estructura de los zapatos usando componentes que antes no tenían los modelos clásicos como las suelas de goma, las hormas de un RTW vienen de la horma a medida, ha modificado la simetría de los zapatos sin arruinar la armonía y su reto inmediato es realizar de otra manera el boudier. 

Valora más la belleza que el lujo, “ya que cada vez que hay una definición del lujo no le presto atención porque es algo que no entendí nunca”. Con respecto a la visibilidad que dan los medios, Vilalta no está obsesionado por ser una marca, de hecho, en sus diseños no está grabado su nombre, y entiende que se hayan posicionado a nivel mundial a Manolo Blahnik, Jimmy Choo o Louboutin. 

A este respecto “habría que estudiar más la sociología del consumo porque es un tema muy interesante”. Sobre sus colegas, afirma: “Blahnik es un gran diseñador y zapatero, hace que el zapato se vea bonito, tiene triunfo y éxito. Indudablemente, Sarah Jessica Parker le dio un plus a su marca. Y Louboutin es divertido. El zapato de tacón es muy importante y le da poder a la mujer”. 

Tras este viaje a tiempos ancestrales, Vilalta vuelve al presente y asegura con firmeza que los blogs han generado un consumo fantástico, pero los bloggers no se dan cuenta de la potencia que tienen porque todo lo miden en función de cuánta gente les visita. “Por eso han de apuntar bien y dar en el blanco correcto. Y nuestro blanco está apuntando a la belleza y a cambiar el consumo para dar felicidad”.

Texto: Luis Fernado Romo

Fotos: Julio Casares

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